"May my heart be kind, my mind fierce and my spirit brave"

lunes, 16 de junio de 2014

Viejas historias




—Siempre supe que una chica de cabello rojo sería mi perdición— le dijo el muchacho.
Ella sólo atinó a sonreír.
—Es sólo una ilusión, y tú deberías saberlo mejor que nadie.
En efecto, el color cobrizo de la cabellera de la bruja era sólo un embrujo, un pequeño cambio en su apariencia. Nada real. Nada como esa sensación de tranquilidad al estar sentada en medio del bosque con el taciturno chico. ¿Qué era lo que le atraía tanto de él? Ella percibía la magia, aunque él mismo se nombrara como mago, ella veía el potencial: era un hechicero, pero él no lo notaba aún. "Algún día notará su poder, y ese día no tendré hacia dónde huir" pensó la primera vez que se fijó en él.
Lo recordaba claramente. Ella caminaba, con su capa de viaje bien ajustada sobre sus hombros. Varios de los caballeros y plebeyos de la taberna volteaban a verla, pero ella los ignoraba tajantemente. Conocía bien era mirada de deseo. Era lo que ella menos necesitaba. Al acercarse a la barra escuchó las dagas volando y volteó. Ahí lo vio, sentado, contemplando el juego de tiro al blanco con dagas. Dos enanos, un ogro y un caballero jugaban por otra ronda de cerveza. Pero él... él contemplaba, con una sonrisa de lado en el rostro y la mirada fija en la daga que él sostenía en una mano.
La mirada de la muchacha se quedó fija en las manos de él. Varoniles. De movimientos precisos. Empezó a examinarlo con cuidado: vestía todo de negro, sus botas de viaje estaba llenas de lodo y la capa escurría un poco. Seguramente no tenía tanto de haber llegado a la taberna para, como ella, refugiarse de la tormenta de afuera.
—Eh, cantinero, ¿quién es aquel entre los enanos, el ogro y el caballero?
El cantinero volteó a ver a la joven. La mirada arisca se tornó en una cálida al posarse en los ojos profundos y violáceos. 
—¡Benditos los ojos que te contemplan, chiquilla! 
La muchacha sonrió
—¡Vaya, vaya! Artesano, no creí hallarte aquí.
—La vida da muchas sorpresas, niña mía.
—Sin duda,—ella le ofreció la mejor de sus sonrisas e inclinó la cabeza en dirección al juego de dagas—¿entonces...?
Artesano volteó a ver a los jugadores un momento antes de voltear a ver a la chica de nueva cuenta:
—Se hace llamar el Mago Negro, a veces pasa por acá. Habla poco con las personas de acá, pero es inofensivo. 
—Mago Negro— susurró ella.
—Ea, chiquilla, ¿por qué el interés?— Artesano arqueó una ceja.
Ella clavó sus ojos en los del cantinero. Sabía que él no iba a entenderlo. Si bien su corazón era amable, era un mortal y no entendía nada de sangre mágica. 
—Te apuesto una habitación a que clavará la daga, justo en el centro del blanco, a la primera—fue la respuesta.
—¿Pero qué dices, niña?
Uno de los enanos acababa de fallar el tiro. El Mago Negro se levantó, seguía contemplando la daga. Se quedó a veinte pasos del blanco. Cerró los ojos, las manos juntas sobre la daga. Inclinó un poco la cabeza. Cualquier pensaría que estaba rezando o invocando a los hados. Abrió los ojos y lanzó la daga dando justo en el centro del blanco.
El ogro gruñó algo que parecía una acusación, pero ante la mirada del Mago Negro, dejó de rezongar para ofrecerse a ir por la ronda de cervezas. El Mago Negro volvió a su asiento y cerró los ojos, el semblante serio, cual si estuviera en profunda meditación,
—Niña mía, tienes que...
—Luego, Artesano, luego— le guiñó un ojo mientras dirigía sus pasos hacia él.
[...]

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