Justo a la semana de cortar con Aru, hace poquitín más de un año, G inició clases de karate. Sirvió para que él se enfocara en una actividad física que lo distrajera y sirvió para darme espacios fuera de casa para leer y reflexionar. Escribí mucho en ese periodo y leí bastante para la tesis.
G avanzó rápido y consiguió su primera cinta en seis meses. Sin embargo, se me vinieron encima varios gastos y deudas y ya no pude pagarle las clases, cosa que me exasperaba porque como son en una casa de cultura, no es una cantidad exorbitante la que hay que pagar.
Ayer, tras cinco meses sin llevarlo, pude volver con G al karate. Sirvió para que él retomara actividad física y para que yo tuviera un rato de reflexión. Me senté en el patio de la casa de la cultura, puse a Beirut en mi iPod y empecé a escribir y garabatear con mis Stabilos. G necesitaba la actividad física, y su maestro se alegró de vernos; yo, el espacio para mí, en paz con mi música en un ambiente sin distracciones reales o virtuales. Una hora de paz bajo la gran jacaranda.
