Justo a la semana de cortar con Aru, hace poquitín más de un año, G inició clases de karate. Sirvió para que él se enfocara en una actividad física que lo distrajera y sirvió para darme espacios fuera de casa para leer y reflexionar. Escribí mucho en ese periodo y leí bastante para la tesis.
G avanzó rápido y consiguió su primera cinta en seis meses. Sin embargo, se me vinieron encima varios gastos y deudas y ya no pude pagarle las clases, cosa que me exasperaba porque como son en una casa de cultura, no es una cantidad exorbitante la que hay que pagar.
Ayer, tras cinco meses sin llevarlo, pude volver con G al karate. Sirvió para que él retomara actividad física y para que yo tuviera un rato de reflexión. Me senté en el patio de la casa de la cultura, puse a Beirut en mi iPod y empecé a escribir y garabatear con mis Stabilos. G necesitaba la actividad física, y su maestro se alegró de vernos; yo, el espacio para mí, en paz con mi música en un ambiente sin distracciones reales o virtuales. Una hora de paz bajo la gran jacaranda.
Pequeñas victorias: poder pagarle clases extra al chilpayate. Son los pequeños detalles los que hacen la gran diferencia. La noche previa al regreso al karate, G me dijo "Estoy nerviocionado", palabreja que inventó para expresar la combinación de nervios con emoción. Me causó ternura.
He conseguido criar a un pequeño que se envuelve en los libros (está leyendo tres libros ahora, incluido Harry Potter) y que es feliz. Tiene ángel el canijo, siempre lo ha tenido.
Las cosas se acomodan, eventualmente. Y como me decía Crash hace poco "Nunca has estado sola".
Me quedé pensando mucho... cierto amigo mío me platicaba que dejó de hablarle a su mejor amigo por fallarle a sus hijos. Suena medio loco... cuando uno no tiene hijos. Pero yo como madre lo entiendo perfecto. Que te digan que te van a ver y a la mera hora te cancelen, meh, no pasa nada. Que emocionen a tu hijo y no lleguen o lleguen de pisa y corre... eso sí cala. He sobrevivido este tiempo porque soy necia y reacia, claro, peor también porque he contado con grandes amigos que no nos han dejado solos ni a G ni a mí, que en el cumpleaños del pequeño estuvieron (incluso recibí amenazas de "si no me invitas al cumple de G, me voy a ofender mucho") y que se han desvivido por vernos sonreír a ambos. Puedo decir que I'm getting back 2 good... aunque quizá es que nunca estuve tan mal como lo sentí.
Seguirán las reflexiones abajo de la jacaranda.

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