Tengo sed de
infinito.
No puedo evitar
pensar en cuando las cosas se estaban yendo al carajo con Aru y escribí un
post, que no sonaba para nada a mí, hablando de mi necesidad de infinito: de
perderme en los ojos de alguien.
Hace un par de
días, Facebook, ojete como es, me recordó que ese día hacía 7 años habíamos
subido una foto, mal tomada y cortada: Aru viéndome embelesado a los ojos. Se
ven nuestros perfiles, de la nariz hacia arriba, pero se alcanza a notar que
sonreímos bobamente. Suena Marron 5 “Do you think of me? Where we used to be?
Is is better now that I am not around?” Conozco las respuestas a esas
preguntas: No. No. Sí. La nuestra era, al final, una relación disfuncional con
tintes de abuso tipo Gaslight.
Él y yo juntos
jugábamos a sacar lo peor del otro. Desde antes de cortar tenía sed de
infinito. De esa cosa linda en una relación: perderme en su mirada de forma
ridícula y boba y cursi y poder pensar en un “nosotros”, un futuro.
Pero el post del
que hablo al inicio no sonaba a mí porque trata de emular la voz de elinauta,
tan etérea, tan extravagante y difícil de comprender al leerla… no era mi voz,
era la voz de la que yo sabía que Aru se estaba enamorando. El infinito, para él,
estaba en otro lado…
Las cosas no hay
que buscarlas, no de forma tan insistente en cosas del amor. Al menos eso dicen.
Por hartazgo, aburrimiento o necesidad, reabrí mi cuenta de Tinder. Tengo un
mes con ella funcionando. 123 matches. Charlas efímeras. Algo que por un
instante me haga sentir que me acerco al infinito. Pero en realidad, quizá, me
aleja más de él. La idea del amor en los tiempos de la inmediatez suena a algo
desechable.
Tengo el escozor
de extrañar la compañía. No extraño a Aru. Envidio, eso sí, un poco lo que
tiene: una relación estable. Ayer platicaba con unos compañeros del trabajo. E
y A. E decía que no entiende “a las morras que están todas locas” y nos contó a
A y a mí (las dos mujeres) sus broncas con su novia. Tanto A como yo intuimos
que la novia le pone el cuerno, bien y bonito a E. Lo curioso es que los tres
coincidíamos en algo: tras una relación que terminó siendo disfuncional,
optamos por un cierre al mundo y mantenernos solos. “Yo ya le encontré el gusto
a estar sola”, dije sin pensarlo. De hecho, se salió de mi boca, de golpe. “¡Yo
también!” contestaron E y A al unísono.
Los matches de
Tinder son un boost al ego. Son un “Buenos días, hermosa” seguro en mi cel,
todos los días. Pero son, igualmente, una ventana mis miedos. He salido con un par de los
chicos que he conocido a través de la app: el casi mirrey que estaba muy
emocionado conmigo porque sentía que estábamos en sintonía y que al saber que
soy mamá, salió corriendo porque “no estábamos en la misma página y no estoy
listo para ser papá de nadie” [¿cómo por qué coños asumen que madre soltera
equivale a le-busco-padre-a-mi-criatura?]; el filósofo que cada tres palabras
mías decía “ajá” como para dar a entender que me estaba poniendo atención,
aunque con ello alimentaba a las voces que decían “mátalo” y que si bien no lo
dijo ipso facto igualmente abrió los ojos como platos y no volvió a hablarme
tras saber que soy mamá; el joven-no-tan-joven que mintió por ¡10 años! respecto
a su edad y si bien está entusiasmado conmigo, a mí se me hace una amiga-tía
más. Por supuesto también está el vecino, ése que vive a escasas cuadras de mi
casa y de mi trabajo (está en el punto medio justo para llegar en cinco minutos
con él sin importar de dónde vaya, casa u oficina). Puede ser un buen escape
cuando las hormonas me estén matando, pero dudo mucho que sea la fuente del
infinito.
¿Y si son
hormonas y no extrañar la compañía?
A veces sí quiero
un cómplice. Un alguien que se emocione con mi ñoña emoción (no forzosamente
por las cosas que a mí me mueven, sino que le mueva el que las cosas me
emocionan) y que me comparta su mundo, sin que espere que seamos muéganos.
No quiero
sentirme atada a alguien. Por eso: cómplice. Parece que todos en Tinder tienen
el corazón roto, el miedo a mil, la necesidad del contacto físico al triple y
muchos deberíamos estar más bien en terapia. ¿Dónde está el infinito entonces?
La app creo que
sólo me está dando varias anécdotas para narrar, pero nada sustentable. La
inmediatez de fotos que fingen no ser
personas rotas, la cara del cinismo necesario para escribirle a una perfecta
desconocida “Hey, te quiero coger” sin esperar reproches más allá de un “Cancelar
compatibilidad”. Sí. En definitiva mi sed de infinito no se va a apagar con
esto. De menos las ganas de escribir se alimentan. Eso ya es algo.


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