"May my heart be kind, my mind fierce and my spirit brave"
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sábado, 22 de septiembre de 2018

La trampa de quererse poco



"Pain or tears, let's change them into stars [...] Actually I'm quite scared, but I'll keep on living"

Let it out, Fullmetal Alchemist Brotherhood segundo ending

Es muy fácil. Uno se quiere poco y luego se queja de recibir sólo migajas de amor. Pero la verdad es que eso es lo que uno acepta. Tomamos el amor que creemos merecer, parafraseando a The perks of being a wallflower. 
Hoy recibí una lección-recordatorio importante de Karishto, cuando me dijo que si lleva un rato sin salir con alguien es porque se ama demasiado como para volver a dejar entrar en su vida a quienes sólo quieren consumir su energía.  Es la reacción más madura y de amor propio que he visto en mucho tiempo. Se lo dije "Te admiro". Creo que la bruja se sorprendió. 
Pero es que ella ha logrado algo que yo no he logrado con mis propios demonios. Es muy simple encontrar justificaciones tontas, como el "traigo ganas" y volver a acabar en la cama con ciertos demonios. Sin embargo, eso sólo me consume energía.
Me acuerdo que cuando acabé enredada con el Demonio Mayor por un momento pensé que nos podíamos enamorar. Empero, era una cosa pasional, como el enamoramiento sí, pero muy químico y carnal. Hubo una época en la que sentía que podía contarle e incluso llorarle lo que fuera al Demonio Mayor.

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Empero, él tenía un objetivo muy claro, por el que trabajó año y medio: acabar en la cama conmigo. Alguna vez que se lo reclamé, le dije "Te lo puse muy fácil". Recuerdo su mirada perpleja "¿Fácil? Estuve año y medio detrás de ti, eso no fue fácil". Pero eventualmente perdió el interés, sea porque le dije que no quería ser su novia (llevaba él un par de semanas de haber cortado [y eso a medias] con su novia) y yo no quería ser plato de segunda mesa. Empero, acepté ser su amiga con derechos, poniéndome solita como el tapete que no quería ser. Cuando empezó a perder el interés en mí, me sentí desesperada.


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Y sin importar cuántas veces he buscado alejarme, si me vuelve a buscar, lo dejo entrar. Ya no con resentimiento (y es que la química que tenemos sigue siendo ¡uff!), pero el descaro del Demonio Mayor sigue siendo enorme. Aunque lleva casi dos años con la novia actual, me sigue buscando. ¿A cuántas más no buscará?
Me acuerdo que alguna vez me dijo que nos fuéramos a Australia "No estamos entre las sábanas, puedes creerme. Vamos a hacerlo un objetivo y trabajar por ello hasta alcanzarlo". Sí, le había contado mis sueños e ideales y a veces los usaba para tenerme ahí.
El problema es que mi falta de amor propio ha permitido que el Demonio Mayor siga estando en mi vida, cuando en realidad es un vampiro energético que no quiere nada serio conmigo. Si no quiere nada serio es porque yo le he hecho ver que está bien no querer nada serio conmigo. Así como los chicos de Tinder. ¿Por qué en lugar de decirles "Busco algo serio" respondo que busco fluir cuando me preguntan qué hago en una app como ésa? ¿Por qué tanto miedo a decir la verdad?
Claro, lo físico es chido, pero no satisface, no ayuda a crecer. Y mientras que no haga un verdadero acto de amor propio conmigo misma, es decir, deje de pensar que no merezco más que lo que me dan (en serio, creerme que merezco el mundo entero) las vibras no van a cambiar.
Es tan simple caer en esa fatídica trampa. Es necesario romperla.


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De verdad, ya no quiero las migajas de nadie más. Quiero mi amor completo. Y si no soy capaz de entender que con mi amor basta, no estoy lista para nada más. Hora de trabajar en mí, más de lo que ya he hecho.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Infinitos y anécdotas efímeras


Tengo sed de infinito.

No puedo evitar pensar en cuando las cosas se estaban yendo al carajo con Aru y escribí un post, que no sonaba para nada a mí, hablando de mi necesidad de infinito: de perderme en los ojos de alguien.

Hace un par de días, Facebook, ojete como es, me recordó que ese día hacía 7 años habíamos subido una foto, mal tomada y cortada: Aru viéndome embelesado a los ojos. Se ven nuestros perfiles, de la nariz hacia arriba, pero se alcanza a notar que sonreímos bobamente. Suena Marron 5 “Do you think of me? Where we used to be? Is is better now that I am not around?” Conozco las respuestas a esas preguntas: No. No. Sí. La nuestra era, al final, una relación disfuncional con tintes de abuso tipo Gaslight.


Él y yo juntos jugábamos a sacar lo peor del otro. Desde antes de cortar tenía sed de infinito. De esa cosa linda en una relación: perderme en su mirada de forma ridícula y boba y cursi y poder pensar en un “nosotros”, un futuro.

Pero el post del que hablo al inicio no sonaba a mí porque trata de emular la voz de elinauta, tan etérea, tan extravagante y difícil de comprender al leerla… no era mi voz, era la voz de la que yo sabía que Aru se estaba enamorando. El infinito, para él, estaba en otro lado…

Las cosas no hay que buscarlas, no de forma tan insistente en cosas del amor. Al menos eso dicen. Por hartazgo, aburrimiento o necesidad, reabrí mi cuenta de Tinder. Tengo un mes con ella funcionando. 123 matches. Charlas efímeras. Algo que por un instante me haga sentir que me acerco al infinito. Pero en realidad, quizá, me aleja más de él. La idea del amor en los tiempos de la inmediatez suena a algo desechable.

Tengo el escozor de extrañar la compañía. No extraño a Aru. Envidio, eso sí, un poco lo que tiene: una relación estable. Ayer platicaba con unos compañeros del trabajo. E y A. E decía que no entiende “a las morras que están todas locas” y nos contó a A y a mí (las dos mujeres) sus broncas con su novia. Tanto A como yo intuimos que la novia le pone el cuerno, bien y bonito a E. Lo curioso es que los tres coincidíamos en algo: tras una relación que terminó siendo disfuncional, optamos por un cierre al mundo y mantenernos solos. “Yo ya le encontré el gusto a estar sola”, dije sin pensarlo. De hecho, se salió de mi boca, de golpe. “¡Yo también!” contestaron E y A al unísono.

Los matches de Tinder son un boost al ego. Son un “Buenos días, hermosa” seguro en mi cel, todos los días. Pero son, igualmente, una ventana  mis miedos. He salido con un par de los chicos que he conocido a través de la app: el casi mirrey que estaba muy emocionado conmigo porque sentía que estábamos en sintonía y que al saber que soy mamá, salió corriendo porque “no estábamos en la misma página y no estoy listo para ser papá de nadie” [¿cómo por qué coños asumen que madre soltera equivale a le-busco-padre-a-mi-criatura?]; el filósofo que cada tres palabras mías decía “ajá” como para dar a entender que me estaba poniendo atención, aunque con ello alimentaba a las voces que decían “mátalo” y que si bien no lo dijo ipso facto igualmente abrió los ojos como platos y no volvió a hablarme tras saber que soy mamá; el joven-no-tan-joven que mintió por ¡10 años! respecto a su edad y si bien está entusiasmado conmigo, a mí se me hace una amiga-tía más. Por supuesto también está el vecino, ése que vive a escasas cuadras de mi casa y de mi trabajo (está en el punto medio justo para llegar en cinco minutos con él sin importar de dónde vaya, casa u oficina). Puede ser un buen escape cuando las hormonas me estén matando, pero dudo mucho que sea la fuente del infinito.

¿Y si son hormonas y no extrañar la compañía?

A veces sí quiero un cómplice. Un alguien que se emocione con mi ñoña emoción (no forzosamente por las cosas que a mí me mueven, sino que le mueva el que las cosas me emocionan) y que me comparta su mundo, sin que espere que seamos muéganos.





No quiero sentirme atada a alguien. Por eso: cómplice. Parece que todos en Tinder tienen el corazón roto, el miedo a mil, la necesidad del contacto físico al triple y muchos deberíamos estar más bien en terapia. ¿Dónde está el infinito entonces?

La app creo que sólo me está dando varias anécdotas para narrar, pero nada sustentable. La inmediatez de fotos  que fingen no ser personas rotas, la cara del cinismo necesario para escribirle a una perfecta desconocida “Hey, te quiero coger” sin esperar reproches más allá de un “Cancelar compatibilidad”. Sí. En definitiva mi sed de infinito no se va a apagar con esto. De menos las ganas de escribir se alimentan. Eso ya es algo.