El viernes de la semana pasada (23 de mayo) concluí con el reto de #100happydays. Curiosamente en Twitter alguien puso "ya es mitad de año y no los veo terminando sus #100happydays" y mi amiga Baby contestó el tweet sólo con mi nombre: Nerea.
El chico en cuestión entonces preguntó que si ahora soy más feliz y qué hago sin tener el reto. Y, la verdad, no es que sea más feliz o menos feliz... pero me quedé pensando ¿y ahora qué? Ya me había acostumbrado a fijarme en pequeños detalles, en algo que me alegrara el día sin importar si había sido un "buen día" o un "mal día".
Me cayó el veinte de que obligarme a veces a ver lo lindo me sirvió para pensar menos en lo negativo. Me sentí muy rara esta semana sin mandar a Instagram nada con el hashtag y después noté que no necesito un hashtag. Creo que muchas veces centramos nuestra vida en lo rutinario, en mi caso, el trabajo, para determinar si somos felices o no. Pero el fijarse en cositas, como un rico mango por el gusto de comer el mango, la risa de mi chamaco o el hecho de amanecer hace que uno vea las cosas distinto.

