—¡Corre!
—¿Qué cosa?
—¡Que corras! Yo los detendré lo más que pueda, ¡anda! ¡Corre!
—Estás loco, Mago, no te voy a..—la bruja salió volando antes de acabar la frase. El Mago volteó a verla una fracción de segundo y al ver que se estaba levantando, le dio la espalda para enfrentarse a los bandidos del desierto.
"Corre de una maldita vez", pensó el Mago mientras se concentraba para invocar el hechizo de fuego. Estaba furioso.
—¡Mago!— la bruja le gritó desde atrás— Podemos detenerlos entre los dos.
—¡No me obligues a lanzarte más lejos! Por favor, bruja, por lo que más quieras, ¡corre! Yo estaré bien.
La bruja sabía que no lo iba a convencer. Se levantó y empezó a correr, a regañadientes, lejos del sitio de batalla. El Mago Negro suspiró al sentir la presencia de la bruja alejándose.
—Bien, ahora, concéntrate, Rata, o esto no va a funcionar— se dijo en voz baja. Toda su energía se enfocaba en crear la bola de fuego. Los bandidos del desierto estaban muy cerca ya. La nube de arena que levantaban sus camelgos los delataban.
El Mago se puso en posición defensiva mientras los Bandidos del Desierto lo rodeaban, haciendo gran alharaca. Él no abrió los ojos, concentrado como estaba, en la magia fluyendo hacia sus manos.
—Miren, miren, qué cosa tan valiente. Uno contra veinte. ¿Creen que pueda?—la voz sonaba burlona.
—No parece tener nada de valor, ¿podemos matarlo sólo por diversión?
—Algo debe tener entre las manos, ¡vean cómo no las suelta!
—¿Las manos?— era la primera voz, un poco alarmada— ¡Ea! ¡Alguien! ¡Deténgalo antes de que!
"Demasiado tarde", pensó el Mago Negro con una sonrisa socarrona, al tiempo que abría los ojos y gritaba:
—Siónploex
La bola de fuego que explotó en las manos del Mago Negro mandó a los Bandidos del Desierto volando por los aires, dejándolos aturdidos. El Mago se preparó para salir corriendo y alcanzar a la bruja. No llegó lejos, acaso unos cuantos metros antes de que el látigo se enredase en su tobillo izquierdo. Alcanzó a sentirlo pero su reacción fue lenta: el jalón lo tiró de bruces en el lodo.
—¡Agh!— el golpe le sacó el aire. Tres látigos más se enredaron en sus piernas.
"Concéntrate, Rata, de peores cosas has salido" se dijo mientras repasaba sus hechizos lo más rápido que podía.
Los látigos lo jalaron hacia los aturdidos Bandidos del Desierto. Lo obligaron a ponerse bocarriba. Alcanzó a notar que la explosión había dejado noqueados a dos de los bandidos y a otros cuatro fuera de combate. Sin embargo, eso seguía dejando más de diez en pie, por muy aturdidos que estuvieran.
"No debí gastar energía en lanzar a la bruja lejos", se recriminó.
—Así que te crees muy listo, ¿no? Ah, no, no, ni lo intentes— se notaba que era el jefe de los bandidos. Chasqueó los dedos y dos harapientos bandidos le detuvieron las manos.—Sin movimientos misteriosos, joven viajero.
Maniatado, el Mago Negro fue levantado por los bandidos para ponerlo frente a su jefe.
—Veamos ¿qué traes de valor en tu talega?
De debajo de la capa de viaje, el jefe de los bandidos le arrancó la talega al Mago Negro.
—Un mendrugo de pan, una bota con, veamos... puagh... agua—dijo al tiempo que escupía el pequeño trago que había tomado de la bota— ¿ni siquiera una moneda partida a la mitad? ¿Nada de oro, plata? ¡Eres más pobre que nosotros! ¿Sabes cuál es la pena por no cargar algo que podamos robar?
—¡Muerte, muerte, muerte!— canturrearon los demás bandidos. El Mago Negro intuía que aún trayendo riquezas querrían matarlo, por el simple hecho de haberlos mandado por los aires con la explosión.
Bueno, no iba a irse sin dar una buena batalla. Aparte de montoneros, los bandidos eran estúpidos, por mucho que le detuvieran las manos, mientras fuera libre de pronunciar el hechizo correcto tenía una oportunidad. El asunto era ¿qué clase de hechizo usar para alejarlos? La explosión y el lanzar a la bruja ya habían consumido parte de su energía. Mientras pensaba en eso, el jefe de los bandidos se acercó a él, daga en mano.
—Creo que lo mejor es hacer esto con calma, ¿no, extranjero?
El Mago Negro contempló al bandido directo a los ojos, con mirada retadora. Si esperaban que él suplicara, se quedarían esperando. El jefe sonrió ampliamente mientras acercaba el filo de la daga al muchacho, levantó la manga de la capa y trazó una línea que subía por el antebrazo derecho, sutil, suave, sin cortar la piel. No lo vio venir. La tajada que le hizo el bandido que estaba apostado a su izquierda fue de golpe, justo en el costado un poco más arriba del riñón. El Mago Negro dejó escapar un grito antes de morderse los labios.
—Sí, con calma, pero no con dulzura—murmuró el bandido blandiendo su espada, una espada corta, pero sin duda una espada.
"Maldita sea la cosa", pensó el Mago Negro, "Vamos, Rata, piensa, piensa"
El Mago Negro sentía la sangre, tibia, corriendo por su costado en un hilillo. No había sido un corte profundo, pero le quedaba claro que era sólo una advertencia de lo que se le vendría encima. Cerró los ojos para concentrase. Ya no tenía energía para un hechizo de fuego y sabía que el dolor lo podría debilitar. Concentró su fuerza en bloquear la sensación de dolor. Percibió el lago cerca de donde estaban. Sabía que los bandidos del desierto odiaban el agua, razón por la que le sorprendía haberse topado con ellos ahí, en pleno bosque, así que el hechizo preciso para dejarle caer una tromba encima bastaría para hacerlos correr. Juntó su energía: necesitaba crear un pequeño huracán. Esperaba que la energía le bastara, porque si bien los hechizos de viento no requerían tanta energía como los de fuego, necesitaba un buen huracán para alejar a esos bandidos de él.
Visualizó el pequeño tornado que jalaría las aguas del lago y las azotaría contra los bandidos. El ojo del huracán sería donde estaba él, nada más por efecto dramático, segundos antes de que avanzara ahuyentando a los bandidos. Podía verlo todo en su mente. Sintió la energía juntarse en su pecho y empezó a murmurar:
—Desgran resdepo del tovien, los covoin ganven, guasa zadal el lovue, nidve, nidve, ¡nidve!
—¿Qué cánticos son esos?
—¡Bartoc, Bartoc, debemos hacer algo!
—No le suelten las manos! Puede canturrear en el idioma que guste, pero necesita las manos sueltas para...
El viento empezó a aullar y los bandidos lucían asustados. Sólo Bartoc, el jefe, mantenía la mirada impávida.
—¡Así que no eres un ilusionista, extranjero!
—Nidve, nidve, nidve...—el Mago Negro seguí invocando al viento, que empezaba a desatar su fria, acarreando el agua del lago.
—¡Basta!— un bandido le dio una bofetada mientras que otro le hacía un corte en el brazo.
El Mago Negro no se iba a desconcentrar, aunque el dolor pugnaba por romper su conexión con los elementos.
—¡Basta ustedes!— la voz sí lo desconcentró por un instante, ¿cómo no la vio venir? ¿por qué estúpida razón no le hizo caso?— ¡Suéltenlo ya!
—Vaya, vaya, ¿una doncella quiere salvar al extranjero?
La bruja estaba parada ahí, justo en el centro, donde momentos antes el Mago Negro había desatado la explosión que había mandado por los aires a los bandidos. Bajo la luz de la Luna, con la brisa que pronto traería el huracán y su cabellera rojiza ondeante, la bruja se veía cautivadora, con una belleza fantasmagórica.
—He dicho que lo suelten.
—Señora mía, temo decirle que yo no tomo órdenes de mujer alguna.—la voz de Bartoc destilaba sorna.
—Yo no soy una mujer cualquiera— exclamó la bruja sonriendo. Alzó las manos al aire y se unió al cántico del Mago Negro— tovien, guasa, zalda el lovue, nidve, nidve...
El viento empezó a aullar con mayor fuerza y la Luna se vio cubierta por nubarrones tan negros que los bandidos chillaron:
—¡Es magia obscura! ¡Bartoc! Seguro el extranjero es un Nigromante
—¡A callar, ilusos! Este mozo no puede ser más que un ilusionista.
—¡Entonces la chica, la chica...!
La lluvia empezó a caer, tupida y continua. Los bandidos notaron que la chica se veía más pálida ahora que a la luz de la Luna.
—¡Deténganla, so pelmazos! Y alguien calle al extranjero.
Un golpe en el vientre le sacó el aire al Mago Negro, pero no le importó. Ya había puesto toda su energía en ello y venía el huracán en camino... sin embargo ella, la bruja...
Los bandidos la rodearon, aprestando espadas y látigos. Tres látigos a la vez rasgaron el viento en pos de la bruja. Dos fallaron, arrastrados por el viento potente que venía del lago. El tercero la agarró de la cintura y la jaló con fuerza. Ella trató de mantenerse de pie, pero entre dos bandidos jalaron y la tiraron.
—¡Ahora verás cómo debe comportarse una mujer!—exclamó de forma perversa Bartoc.
El Mago adivinaba los pensamientos de Bartoc y no estaba dispuesto a permitirlo. Notó a tres bandidos deteniendo a la bruja contra el piso, brazos y piernas firmemente agarrados. Pero ella no parecía intentar siquiera luchar. La falta de pelea por parte de ella enojó más al Mago Negro.
"¡Maldita sea, mujer, defiéndete!", pensó al tiempo que juntaba la poca energía que le quedaba. Sólo requería una explosión, aunque fuera sólo el viento, para lanzar a los dos bandidos que quedaban junto a él lejos y poder acercarse a ella.
Lo que pasó a continuación desconcertó a todos:
Al tiempo que el Mago Negro mandó por los aires a los dos bandidos y emprendía la carrera hacia el círculo que se había formado alrededor de la bruja, Bartoc se estaba aflojando el cinturón mientras los bandidos alzaban las faldas de la bruja que seguía sin oponer resistencia; el viento sopló con más fuerza: el ojo del huracán se movía trayendo la tromba con fuerza, arrojando a dos que tres bandidos lejos... y un grito penetrante rasgó la noche, un grito de terror: los bandidos corriendo en desbandada al ver a dos de los suyos volar por los aires.
La criatura que había llegado junto con la tormenta parecía una mujer, pero tenía grandes alas negras. El Mago Negro la contempló: ropa, cabellera, negros como el azabache contra piel de porcelana y ojos rojos.
—¡Un demonio! ¡Corran!
Había descendido desde nadie sabía dónde y parada a un lado de los bandidos, con los ojos llameantes, alzó una mano hacia el frente, apuntando a uno de los bandidos que detenían a la bruja contra el piso. El bandido de repente flotó llevándose las manos al cuello como si lo estuvieran sujetando de ahí y salió despedido contra un árbol, cayendo noqueado. El resto de los bandidos, al ver la escena, se levantaron aterrorizados y corrieron.
Bartoc se mantuvo un momento, pero al ver directo a los ojos a la mujer alada, gritó y corrió. La mujer alada volteó a ver con sus ojos de fuego al Mago Negro. Él no sabía qué pensar:
—Soy amigo de ella...—murmuró.
La mujer alada inclinó la cabeza y se evaporó al tiempo que la bruja se sentaba en el piso y reía por lo bajo.
—¿Así que eres mi amigo? No te apures, no te iba a tacar.
—Lo dices muy segura...
La lluvia empezaba a arreciar.
—El huracán no era mala idea, pero iba a tardar mucho ¿sabes? Por eso tuve que recurrir a la ilusión y a la proyección astral...
—¿Eras tú?
—¡Claro que era yo!
—Pero por hacer tus espejismos casi te...
—No me hicieron nada ¿de acuerdo? Pero o peleaba o...—se llevó una mano a la sien.
—¿Bruja?
—¡Oh!
El Mago Negro apenas alcanzó a evitar que la cabeza de ella pegara contra el suelo. La proyección había agotado la energía mágica de la bruja, pero parecía haberla agotado más allá de lo humanamente soportable y se había desvanecido a media oración. La tomó entre sus brazos y la cargó. La lluvia empeoraba y ellos tenían que buscar refugio. ¿Qué hacer? Malherido él y agotada ella no podían andar mucho. Vio la cueva y, con esfuerzo, se metió ahí con ella y la tendió en el piso. Sacó su segunda talega y de ella el bote con fuegos fatuos para iluminar las paredes.
La bruja respiraba con calma, a pesar del rostro inquieto. El Mago Negro la contemplaba.
"¿Qué clase de mujer es ésta con la que te encontraste, Rata?"

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