Nunca fui muy fan de la Navidad ni de Año Nuevo, lo confieso. Mi familia no estaba en una posición económica tan buena, así que recuerdo que Santa Claus y los reyes magos me frustraban, pues no traían cosas que les pidiéramos. Fui de esas niñas necias que pidieron durante años seguidos el mismo juguete en busca de que se lo trajeran y nada, jamás me llegó.
Mis abuelitos tuvieron mejor posición económica que nosotros mucho tiempo, peor tenían la manía de regalarme Barbies, juguetes que yo detestaba. Además, era común que en Navidad y Año Nuevo los regalos fueran esas cosas que hacían falta: ropa, calcetines, suéteres. Todas esas cosas que a ningún niño le importan mucho. Además, había que ir con la familia de mi papá, que nunca ha sido mi lado favorito de la familia. Solían tratarnos a mi hermana y a mí como sirvientas, y ni siquiera "por favor" o "gracias": los hombres se apoltronaban a que las mujeres los atendiéramos a cuerpo de rey.Por si fuera poco, recuerdo mucho cierta Nochebuena en que fuimos a casa de un tío mío. Uno de sus hijos estaba saliendo con una madre soltera y mi tío ya consideraba a la hija de su nuera como su primera nieta. Ese año le dieron cerca de veinte juguetes distintos a la chiquilla, mientras que para mi hermana (de la misma edad que esas niña) y para mí había sólo un tubo de chicles (y no es metáfora). ¿Se imaginan el trauma? Encima de todo, nuestra sobrina (a final de cuentas mi primo se casó con la mamá de esas niña) no nos quiso prestar los juguetes y nos dieron la orden de no molestarla y dejarla jugar. Creo que yo tenía como 11 años, es decir que mi hermana debe haber tenido unos 6.
Cuando mi papá enfermó de cáncer, pasamos Navidad y Año Nuevo enclaustrados, porque cualquier gripita podía matar a mi padre inmunodeprimido. Cuando tenía 16 años igual lo pasamos encerrados porque en enero iba a ser el auto-transplante de médula de mi padre. Fue el año que le dijeron a mi hermana que Santa Claus no existía y para "compensarla" había muchos regalos, aunque todos eran knick-knacks porque mis padres estaban quebrados: glosses, llaveros, lipsticks y cosillas del tipo, todo envuelto individualmente para que parecieran muchos, muchos regalos. Fue una Navidad triste, mi hermana lloró mucho.
Cuando yo estaba embarazada y toda la familia estaba enojada conmigo por mi domingo siete, invitaron a mi entonces novio a cenar con nosotros... y lo desinvitaron luego, luego. Trataron de re-invitarlo, pero él ya no quiso. Pasé Nochebuena fúrica. Al día siguiente fuimos a casa de mi madrina de confirmación y tras un discurso del Amor y el Perdón pidieron a todos los presentes decir por qué daban gracias ese año. Yo estaba enojadísima, porque mis padres dijeron que había que dar gracias por la vida que yo iba a traer a este mundo, los cambios y los nuevos ciclos, pero bien que no quisieron compartir la mesa con su entonces yerno. Sentí que era la hipocresía en su máxima expresión y me negué a dar gracias por nada.
Al años siguiente, la primera Navidad de mi hijo, yo vivía con la familia del padre de mi pequeño. Él había dicho que lo pasaríamos con mi familia y el mero día de Nochebuena me dijo que si quería irme con ellos, me fuera, que él quería pasarlo viendo películas y cenando pollo rostizado. Me fui por mi cuenta, en una travesía de dos horas y media, a casa de mi familia. Ese año le regalaron un iPod a mi hermana y a mí, pañales y un MP3 de esos de chicles. Me tuve que regresar por mi cuenta, porque mi entonces pareja estaba enojado conmigo y no quería ir por mí y por nuestro bebé.
Navidad sólo habían sido corajes y desilusiones. A pesar de eso, yo me esmeraba en conseguir regalos para mi familia, cosas que les gustaran. Generalmente me llevaba desazones y sinsabores, en más de una vez me regañaron por usar mi poco dinero (yo trabajo desde los 16 años) en regalos. Siempre venía una queja. Cuando yo trataba de hacerlos al menos un poquito felices.
Además, desde la enfermedad de mi papá a mi familia le dio por vender comida: bacalao, romeritos... por kilos y kilos. Mi papá no puede hacer cosas detalladas por causa del atrofio de la quimioterapia, así que mi hermana y yo éramos las que limpiaban los romeritos y despicaban el bacalao. Siempre he tenido piel delicada, y la sal del bacalao acaba por abrirme las manos. Pero eso no importaba: había que cumplir con los pedidos, aunque ardieran las manos y pasara días poniéndome ungüentos para sanar mis manos.
No fue sino hasta que conocí a Aru que Navidad me empezó a ilusionar, y no por Navidad en sí, sino por la cena con él, Milo y Zoon. Fue la primera vez que estuve en petite comité, hablando de temas que me interesaban, sin gente emborrachándose y gritando en discusiones de fútbol... y con regalos pensados de verdad para mí. Mis amigos y mi ex buscaban darme cosas que en verdad quisiera yo, que me ilusionaran. Y con una cartita. ¡Qué feliz me hacían! Leer sus cartitas y recibir ñoñerías como libros, películas o música. Nada extravagante, nada complicado. Sólo demostrar que les importaba. Y ellos apreciaban el que yo les escribiera una cartita y les diera un regalo pensado para ellos, sin reclamos ni quejas. Con ellos inicié tradiciones, como esa cena cada año o la rosca de reyes.
Ahora, de nueva cuenta, no tengo eso. Hice una cena con mis amigos, como Ximechan, Karasu, Crashdrummer, Kali, MiniBuda, Arimasen... pero me costó mucho trabajo. Me solté llorando en dos o tres ocasiones y Kali y Arimasen me acabaron conteniendo en la cocina en dos ocasiones. En cuanto acabó la cena, me solté llorando, por dos horas seguidas. Si bien pasé Navidad con mis abuelitos, de nuevo fue algo sin pena ni gloria, algo con cero emoción para mí. Dicen que es una época de magia, pero para mí, salvo por los cuatro años anteriores, ha sido siempre de sinsabores. ¿Algún día será mágica? No lo sé, al menos me esfuerzo para que para mi hijo sí lo sea... Pero yo... yo ya quiero que sea algo así como febrero de 2014.
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