Ahkire abrió los ojos y supo que algo andaba mal.
—No, no otra vez...
Empezó a sentir su pulso acelerarse como si fuera en una carrera, la adrenalina empezaba a fluir por sus venas a una velocidad alucinante. ¿Dónde estaba el poder de llegar a la Iluminación de los antiguos emperadores de Ytor cuando una lo necesitaba?
—Maldita sea, Igur, Rhaz, ¡esto no es gracioso!—gritó la bruja alada caminando a tientas por la oscuridad.
Pero las risas de los demonios no resonaban por ningún lado. La bruja intuía que no era una broma. De nuevo estaba atrapada en ese lugar del carajo. Pero ¿cómo había caído aquí?
—El miedo, Ahkire, el miedo es el que siempre te trae aquí. Todo está en tu mente, ya lo sabes.
El problema, y ella misma lo sabía, era que estaba atrapada en su mente: ese oscuro lugar donde acababa acorralada por sus mayores miedos cuando no desfogaba todo lo que acosaba su inquieto cerebro. ¿Cómo salir? Las últimas veces alguien más la había sacado. Pero esta vez ¿quién notaría su ausencia?
La bruja se había ido a dormir, ella sola, como llevaba ya años haciéndolo. El problema era que llevaba meses pensando en la soledad que la acosaba, en esa inquietud. Recordaba a Ryo, esa soledad que él experimentó por años, con la inquietud palpitante. Ella no quería sentirse acorralada por la soledad, no quería tomar malas decisiones por ella.
Ya había visto cómo el miedo a la soledad había destruido a Rhaz, o cómo había nublado el juicio de Ryo, de Kito, de Lena... el propio, incluso, más veces de los que su orgullo le permitía admitir.
Sin embargo, ¿qué hacer si sí se quedaba sola para siempre? La mágica y encantadora bruja alada, demasiado imponente, demasiado libre como para que alguien la amara. Ser ella la hacía indigna del amor y por esa razón...
—¡Basta!—gritó la bruja a la nada—No voy a dejar que estas ideas me traicionen. Las personas no son sus ideas. No soy indigna del amor.
Ah, pero sí lo era. Ryo no había querido quedarse con ella. Con deprecio y cierta nota déspota le había dicho a forma de despedida: "Si yo pude enamorarme de ti, quizá alguien más lo haga". Quizá. No seguramente. Quizá. Nada de seguridades mientras él le arrancaba la esperanza de una forma más cruel de la que Armand nunca había sido capaz.
—¡Que no!
¿En qué momento acabó de rodillas? La bruja se levantó. Debía haber luz en algún lado. Ella ya sabía anclarse a las cosas que no estaban en ese pequeño infierno personal. Oh, al Señor de la Noche le encantaba atrapar a las criaturas desprevenidas ahí. Pero ella no iba a ceder.
Pensó en los piratas del Yazegheri. Las risas desquiciadas que no necesitaban del vino para florecer. Pensó en las veladas ella sola, cuando la música del mundo sonaba a todo lo que daba y ella danzaba, sin miedos, cantando a todo pulmón: sus pies descalzos, las larga cabellera libre, el viento seduciéndola. Pensó en las noches junto a las fogatas, en los abrazos sinceros del hada Cial. Recordó a Yvaine y el espíritu Hopes. No. No estaba, nunca había estado, sola.
Su mente no tenía argumentos veraces, porque los hechos desmoronaban todo.
La luz entró. Ahkire la vio. Sonrió. Se negaba a ser prisionera en su mente. La luz debía seguir brillando en sus ojos violetas. Sabía que cuando los abriera en el plano terrenal, vería una chispa. Y mientras la chispa existiera, el Señor de la Noche no podría aprisionarla, ni siquiera con el artilugio de las voces internas. No de nuevo, nunca más.

¡Excelente historia! A veces nos sentimos completamente atrapados en nuestra mente y emociones y por eso no vemos que nunca hemos estado solas. :)
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