Mi padre siempre me lo dijo: "Las grandes empresas no tienen memoria". Sin embargo, creo que no son sólo las grandes. En general pareciera que el tema de la Revolución Industrial sigue permeando hasta nuestros días, no sólo por el modelo educativo que surgió en ese entonces y que, siglos después, sigue vigente (aunque sea obsoleto), sino la idea de que todo es una producción en serie, donde los empleados son únicamente un pedazo más de la maquinaria. Si uno falla, es reemplazable. Como cualquier otro engranaje, se puede cambiar por uno nuevo. Santo remedio.
Eso sigue pasando hoy en día. Se nos olvida que no los empleados no son maquinaria ni piezas intercambiables. Pero en realidad, son personas con pensamientos propios, sueños, ideales, enfermedades, problemas.
Siempre me ha desesperado la actitud de ciertos lugares, donde olvidan que la vida ocurre y que eso hace que uno falle. Ya he tenido problemas en la Agencia porque se sorprenden de que haya veces en que diga que no puedo trabajar con migraña. Los he malacostumbrado a que por mi umbral al dolor, una migraña para mí es un dolor de cabeza intenso y no algo incapacitante.
Empero, esa mala costumbre ha de acabar. Me colmó el plato que el tema de mi incapacidad fuera motivo de pleito con mi jefa. Peor la cosa al notar que mi ansiedad empezó a crecer en el momento en que me di cuenta de que ya iba a volver a la oficina. Eso no es vida.
Las empresas no tienen memoria y si se fastidia la persona incorrecta conmigo, pueden correrme con la mano en la cintura. Pero yo sí tengo memoria y es por ello que me niego a caer en los hábitos nefastos que ya viví antaño. Si por algo me mantuve reacia a estar en un empresa, es por actitudes como las que he notado de un tiempo para acá. Quizá es momento de alzar el vuelo, una vez más.

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