"May my heart be kind, my mind fierce and my spirit brave"

lunes, 17 de septiembre de 2018

Freno de mano

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La vida me puso freno de mano, de mala forma, porque para variar yo no hacía caso a las claras señales de mi cuerpo de que el estrés me estaba pasando una factura demasiado grande. Junio y julio fueron meses migrañosos. Una vez controlada la migraña (gracias a los aceites esenciales), me fui de viaje a Oaxaca. Porque a las oportunidades hay que tomarlas cuando se presentan: Mar me dijo que la alcanzara en agosto por esas bellas tierras y mi madre me dijo "¿Y por qué no? Si puedes, ¡hazlo!". Lo hice, me lancé un jueves en la noche para amanecer viernes allá. Regresé un domingo en la noche para amanecer lunes en la Ciudad Monstruo. Me regalé tres días conmigo misma, con comida deliciosa, arte, mezcal, baile... pero todo eso amerita su propio post.

El tema es que a mi regreso, pesqué una infección de vías urinarias que me subió a riñones, para variar. Aún así no paré: hice home office y el trabajo me siguió abrumando tanto como ha sido desde que me cambiaron de cuenta en la agencia.

Sobreviví a la infección, pero me quedó un dolor vago en la parte baja del abdomen. Mi madre temió que fuera apendicitis, porque con el umbral alto al dolor que me cargo, es factible. Fui al doctor, quien con ceño fruncido y cara de "¿por qué me hace perder el tiempo así?" me explicó que traía una colitis nerviosa aguda. Dieta (¡adiós café!) necesaria. Y el lunes 3 de septiembre, ya que iba de salida de la colitis, ¡pum! Me bajé mal del camión, escuché cómo tronaba mi tobillo y un dolor punzante me atravesó. Volteé a ver mi tobillo derecho, que se estaba inflamando y supe que había valido. ¡Justo llegando a Santa Fe, maldita sea la cosa!

Me las ingenié para llegar a la oficina y ahí me vio mi jefa, quien me autorizó un vale de taxi para irme de regreso a la Del Valle, a la UMF que me corresponde. El diagnóstico fue esguince de segundo grado, aunque para lo inflamado y lo complicado que ha sido el proceso de recuperación, yo juro que es de tercer grado, como el de prepa. Sigo usando muletas. 

Voy en la tercera semana de incapacidad: una pausa forzosa y necesaria en la que poco a poco me he ido desintoxicando del estrés constante de la agencia. Retomé la meditación, el dormir sin repasar una lista eterna e interminable de pendientes. Vaya, freno de mano para voltear a ver hacia mí misma y darme cuenta de que la cosa no va tan chida. 

Normalmente, conforme se acerca octubre, hago una evaluación de mi vida. Esta vez ha sido antes, por la pausa que el cuerpo me obligó a tomar tras ignorar las advertencias previas. ¿Dónde quedó el trabajar para vivir y no vivir para trabajar? ¿El tiempo de calidad con G? ¿Mis letras y mis lecturas?

Ni siquiera he podido usar bien mi BuJo y en el momento en que dejé la meditación y el yoga, la ansiedad empezó a subir de forma inexorable y peligrosa. Lo bueno es que la vida es más sabia que yo y me obligó a parar. El punto es: ¿qué voy a hacer ahora?

Lo sigo evaluando. Dice Sobrino que no tengo temor de Dios, porque parece que no me importa que me corran. No es no tener temor de Dios, es tener claras mis ideas. Veremos qué pasa.

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