Cuando la bruja llegó a la taberna de Artesano, Numa'hel acababa de entrar.
—¡Ah!, Ahkire, llegas justo a tiempo, chiquilla mía. Ven, pasa, siéntense—Artesano sonreía afablemente, sus cachetes eternamente redondos y colorados coronando la barba rojiza alrededor de la sonrisa.
Ahkire saludó con un asentimiento de cabeza a Numa'hel y ambos tomaron asiento a la mesa en la que Artesano los invitaba a sentarse.
—Hoy cazamos pato silvestre, me parece que les agradará el cómo lo he preparado.
—Seguramente quedará bien con la hidromiel y el Licor de los Bosques que he traído hoy, Artesano—dijo Numa'hel.
Ahkire sólo sonrió. Estas reuniones de comida y bebida en la taberna le agradaban, aunque ella no bebiera. La hidromiel, la cerveza y el Licor de los Bosques no eran bebidas de su preferencia. Pero disfrutaba enormemente ver al regordete Artesano hacer desfilar platillos inventados para la ocasión, mientras Numa'hel arqueaba las cejas asombrado por los sabores, buscando qué hidromiel, qué cerveza, qué Licor de los Bosques maridaba con las creaciones de Artesano.
En medio de la alharaca que se alzaba en la taberna, Ahkire alcanzó a distinguir la risa característica del mesero de la taberna. La bruja alada sondeó la multitud hasta que dio con los ojillos traviesos y brillantes de Olaf. El Gran Mesero de la taberna de Artesano caminaba blandiendo una deslumbrante sonrisa en el rostro moreno. Ahkire no se acostumbraba al rostro de gnomo en el cuerpo de un humano. Híbridos. Cada vez había más en las Cuatro Tierras.
—Olaf, querido, ven y salúdame bien—exclamó la bruja alada abriendo los brazos.
Olaf no necesitó que la invitación de la bruja alada se repitiera. Rodeó a la bruja con sus brazos, apretándola contra sí efusivamente, mientras le besaba ambas mejillas haciendo cuanto ruido y aspaviento le fue posible. La bruja alada dejó escapar una risa cristalina, cuajada de deleite por el gusto con que su amigo la saludaba.
El Gran Mesero cruzó miradas con Artesano, antes de volverse hacia Numa'hel:
—¡También tengo amor para ti, amigo mío, ven acá!—y antes de que Numa'hel pudiese reaccionar, Olaf lo levantó de su silla de un jalón y lo estrujó entre sus brazos con la misma efusividad, aunque sin besos, con que había saludado a la bruja alada.
Los cuatro seres empezaron a charlar, mientras degustaban los platillos que Artesano había cocinado para la velada. Olaf tuvo que levantarse un momento a atender a un parroquiano de la taberna. Numa'hel se excusó por un momento para ir a la letrina. Artesano aprovechó ese momento. Tomando por la muñeca derecha a la bruja alada, se inclinó para que nadie alcanzara a escuchar las palabras que iba a pronunciar:
—Querida mía, ¿me juras que Numa'hel no es tu amante?
La sorpresa dibujada en los violáceos ojos de la bruja alada fue mejor respuesta que el tartamudeo que escapó de sus labios:
—¿A...a...amante? ¿Amantes? ¿Numa'hel y yo? Pero, ¿qué cosas dices, Artesano?—la bruja tomó con ambas manos su copa de vino y se lo llevó a los labios.
—Ah, bueno... Olaf y yo teníamos la duda. Con ustedes nunca sabemos... ¡ea! No te enojes, chiquilla mía. Es sólo que a veces las miradas entre ustedes cargan más complicidad que la de los compañeros de trabajo. Además, la mirada con que fulminó a Olaf el joven Numa'hel cuando el pseud ognomo te abrazó... digamos que yo jamás pensaría en querer matar a nadie que abrazara a mis amigas, pero a mis amores...
Las palabras de Artesano quedaron en el aire por un segundo, pues Olaf venía de regreso a la mesa.
—¿Ves, pseudo gnomo? La chiquilla y el maese Numa'hel no mantienen relación alguna.
—Eso te dice, Artesano, pero yo sentí perfectamente al monstruo invisible alimentándose de la sorpresa que le provocó a Numa'hel verme abrazar y besar a Ahkire.
—¿El monstruo invisible?—la bruja no estaba segura de qué hablaban los dueños de la Taberna del Cerdo Feliz.
—Oh, por favor, Ahkire. No intentes mentirme a mí, a tu amigo Olaf. Sabes perfectamente de qué hablamos: esa criatura que surge de la envidia, del anhelo de lo que no nos pertenece, del miedo de perder a una persona especial por causa de un tercero...
Olaf no continuó con el juego de palabras, pues el joven Numa'hel volvía a la mesa.
Ahkire dio otro sorbo a su copa de vino. Sabía que el joven sentado a su lado no tenía motivos para alimentar al monstruo invisible. Ellos ya lo habían hablado: si bien existía una atracción entre ambos, sabían que sus caminos no convergían. ¿Para qué arriesgarse a arruinar la amistad con un amorío? Aunque Ahkire recordó un antiguo dicho: "Puestas las reglas, puesta la trampa". ¿Acaso ahora ella era el fruto prohibido? Numa'hel no tenía pinta de ser de aquellos que repensaran sus decisiones y se echaran para atrás...




