—No sabía que tu padre era un sanador blanco, maese Kito.
—No es algo de lo que hablemos tanto, bruja. Además es... no sigue los ritos de los sanadores blancos en general. Es un curandero— el pirata llevaba a la bruja apoyada en sus hombros.—¿Nunca has pensado en volar?
—¿Volar?
—Ah, claro, si tan sólo tuvieses alas, bruja—el sarcasmo era más que palpable en la voz del pirata.
—Nunca lo intenté antes de Armand. Y después del proceso de sanación de Ypat, incluso desplegarlas es doloroso. No me imagino el suplicio que debe ser obligar a mis alas a cargarme.
Kito suspiró mientras ayudaba a Ahkire a sentarse.
—Espera aquí—le dijo al tiempo que prendía una antorcha y subía unas escaleras. La casa de los padres del pirata tenía lugares para sentarse no bien uno abría la puerta. Justo al lado del sofá donde Kito dejara a Ahkire estaban los peldaños que llevaban a la parte alta de la casa. En unos cuantos minutos, el pirata regresó con un señor mayor, de anteojos y canas que acompañaban a una pequeña pero sincera sonrisa.
—¿Qué te ha pasado, chiquilla?— preguntó yendo directo al grano, mientras Kito murmuraba algo de darles espacio y volvía a subir los peldaños, dejando a Ahkire sola con el curandero.
—Me caí sobre mi propio pie y tronó. Un sonido similar al de un fruto maduro cediendo ante los dientes y nada más. No hubo dolor hasta hoy en la mañana.
Ahkire alzó la túnica para dejar ver su tobillo. Estaba inflamado y se notaba un tono entre púrpura y carmesí alrededor de la hinchazón.
El curandero fue por un pequeño banco y se sentó enfrente de la bruja alada. Cerró los ojos y empezó a frotar sus pulgares con ritmo veloz. Ahkire sintió la energía fluir alrededor del cuarto y reunirse en las manos del curandero. Era un rito de sanación que nunca antes había visto: ni avisos, ni explicaciones, ni pociones o rezos. Simplemente energía fluyendo.
La bruja alada sintió el momento como algo muy solemne. No tuvo tiempo de dudar, el anciano colocó las manos sobre su tobillo y, tras una punzada de dolor, lo demás fue un calor suave envolviéndola. La energía de Ahkire fluía por todo su cuerpo: la sentía partir de los dedos de las manos, de cada pluma de sus alas, de las curvas de su cuerpo, justo al tobillo. Tras un rato así, el curandero la invitó a recostarse en el sofá.
—Vamos a equilibrar todo, chiquilla.
El dolor había disminuido y la piel del tobillo volvía a tener el brillo dorado del resto de la piel de la bruja. La hinchazón empezaba a ceder. ¿Qué magia era ésta?
El curandero la observó:
—Tienes miedo. Te has sentido frustrada últimamente. Insegura. Cosa rara, porque no te ves como alguien insegura
Ahkire observó al curandero, la perplejidad pintada en su rostro.
—Debes dejar de ver el mundo en un espectro de grises y negros. Saborea la vida: vuelve a ver la gama de colores que hay. Acomodé las sincronías para que sepas tomar las oportunidades en el momento preciso: ni antes, ni después. No tengas miedo. Noto esa inseguridad, no acabas de definir tu camino. Sé que hay muchas posibilidades pero pregúntate, en serio pregúntate qué es lo que quieres. No trabajes: diviértete. Ahí está la clave.
Dos horas después, Kito bajó los peldaños ante el llamado de su padre.
—¿Todo bien?
Ahkire sonreía de una forma sutil, el asombro pintado en sus ojos violáceos.
—Sí, todo bien.— volteó a contemplar al curandero— de verdad, gracias.
—No, no agradezcas. Sólo no olvides.
El curandero la abrazó con fuerza.
—No olvides los colores.
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