"May my heart be kind, my mind fierce and my spirit brave"

martes, 28 de julio de 2015

Manías

No me gusta ir de compras. La etiqueta esa de que las mujeres somos compradoras compulsivas no me queda del todo—paréntesis o nota al pie o volvemos a este punto— puesto que para mí las plazas comerciales son un infierno absoluto.

Prefiero, tanto por cuestiones de ahorro como de sanidad mental, ir consiguiendo los regalos de Navidad de a poquitos desde más o menos esta época a tener que buscarlos todos en plena época decembrina (el año pasado no hice esto y acabé yendo a plazas comerciales más veces y tiempo del que me gustaría, engentándome y hartándome bastante en el proceso). Cuando voy a comprar algo, pienso muy bien qué es lo que busco. No compro zapatos ni ropa por impulsividad. Siempre es pensando "necesito tal o cual cosa" y voy directo a comprar eso. Claro, me ha pasado que acompañando a mi hermana a que ella compre algo, reviso qué hay y compro algo que me guste. Pero eso de las "compras terapéuticas" y demás cosas del tipo no es lo mío.

Me puse a pensar en esto porque hoy fui a comprar un traje de baño. Y soy muy específica con lo que busco. Pensé "quiero un bikini que sea de preferencia morado o turquesa". Eso redujo mis posibilidades a 5 modelos. Entré y salí de la tienda en menos de media hora, ya con el traje de baño en mis manos.

Le comenté esas manías mías a cierto chico y me dijo que es muuuy específico "pero no fueran libros". Exacto. Ahí sí puedo estar un largo rato dando vueltas revisando estantes. E incluso en ese caso tiene sus asegunes: la venta nocturna del Fondo de Cultura Económica, por ejemplo, se me hace una cosa terrible por la cantidad de gente (terrible para mí y mis nervios, excelente para matar la idea de que la gente no lee y no invierte en libros).

No sé si esta manía viene de la cantidad de años que pasé sabiendo que no podía comprar algo a menos de que fuera una necesidad. Crecí con limitaciones económicas, asistiendo a una escuela donde las marcas de la ropa y la capacidad de gastar dinero en los fines de semana caminando en una plaza comercial eran pautas de vida. Yo era la niña que compraba (y a mucha honra) su ropa en lso tianguis porque para eso alcanzaba.

Es por lo mismo que en el momento en que pude pagarme mis cosas decidí dejar de lado la etiqueta de vergüenza al momento de poder comprar lo que quería. "No te arrepientas por gastar dinero en lo que amas". Alguna vez platicándolo con mi querida Mar salió el que necesitamos esos pequeños gustos, esos pequeños despilfarros, son buenos para el alma: un helado para compartir con G, un libro para alimentar mi mente y mis ojos, unos zapatos porque se gastan muy rápido. Con Aru, al final, como el dinero era pleito para todo regresó la culpa cada vez que me daba un gustito. Es absurdo.

Creo que en general soy muy medida y cuidadosa con mis gastos. Y soy muy específica en lo que deseo comprar. Como mi traje de baño de hoy. Todos tenemos manías, y creo que son consecuencia de las cosas que vivimos. El chiste es conseguir un punto medio (en este caso ni gastar a lo loco ahora que puedo, ni ser absolutamente marra). Además, no soy exigente para esas cosas en particular. Recuerdo que Aru decía que era fácil complacerme: un libro, una taza de buen té o café, y listo. Creo que sigo siendo así, en general.

Tengo mis pequeñas manías y sigo odiando ir de compras, pero ya no es algo pesado como lo fue antes. Vamos progresando.

martes, 21 de julio de 2015

Sorpresas

Un día cualquiera quedé con un chico para tomar un café y platicar de negocios. Quedamos en vernos a las 4:00 p.m. y, tras un breve rato de platicar, volteó a ver su celular y me dijo "Señorita, ¿quiere que la lleve a su casa? Ya son las 8:00 de la noche". Breve rato, dije. Cuatro horas. Justo cuando llevaba una semana de juntas de no más de una hora: directo al grano. 

Pero cuando él llegó conmigo y empezamos a platicar, la plática navegó entre el por qué de su negocio, qué carrera estudió, a qué me dedico yo... y las horas se me deslizaron de una forma inesperada, sorprendente, la envidia de los hombres grises que no consiguieron meternos la prisa en el hablar. Me hizo reír y me hizo sorprenderme, porque ese muchacho sentado enfrente mío estudió Literatura y se ha enfocado en México, en lo contemporáneo. Es una enciclopedia con pies sobre las letras mexicanas. Me soltó nombre tras nombre y tuve que admitir que si acaso reconocí un par. Nunca me he preocupado mucho por leer lo que hay en las letras de nuestro país. Tampoco es que me haya preocupado por saber mucho de las letras de alguna nación en particular: mi brújula literaria ha ido siempre según el latir de mi inquieto corazón. Pero este chico sí ha puesto una misión y a partir de los autores nacido en 1960 inició un estudio a conciencia de lo que ofrecen las plumas mexicanas.

Es inteligente. Muy inteligente. Y emprendedor, puesto que da clases, tiene un negocio—que fue el que propició el que nos reuniéramos— y está metido en las letras, en lo editorial. Ha viajado y ha leído, mucho. MUCHO. Saber que el año pasado leyó más de 100 libros, me dejó atónita. No lo hizo más que por reto personal. Creo que hasta él mismo se sorprendió al ver cuánto había leído. Estamos cocinando un negocio juntos. Pero es un chico que me llama de una forma inquietante.

El día que lo conocí lo escuché con atención y en el momento en que empecé a pensar en las posibilidades de lo que podíamos armar, me decidí a llamar su atención. Pero no imaginé que él me iba a llamar tanto la atención. Es extraño. Rara vez alguien me llama la atención de esa forma tan completa: lo que dice, lo que hace, el cómo se expresa.

Es más chico que yo. Mucho más chico que yo. Me provoca una sensación confusa, porque lo siento mucho más grande que yo en cuanto a algunas cosas (¿cómo sabe tanto? estoy acostumbrada a que los que me llevan más años hayan leído más que yo, pero él ¿cómo diablos le ha hecho?) me siento pequeña y a la vez cómoda. Me sorprende. Platico con él, o lo escucho platicar, y me envuelve en su charla. Sonrío, asiento, a veces suelto una risa que me agarra desprevenida porque me hace reír. Es lindo reír. Me habla de cosas felices, de buscar lo que es feliz y de libros, de autores, de proyectos, de trazos, mapas y rutas por descubrir. ¿Cómo es esto posible?

Dos cafés, largas charlas por Whatsapp y me siento sorprendida. Hace poco vi un video de un stand up en el que decían que después de los 30 años ya nada sorprende, y yo me encuentro aquí, sorprendida por la vida. ¿Por qué? 

Yo debería estar triste con las noticias de mi casa, con la enfermedad, con el sueño en el que dos de mis tíos se pelean para entregarme en mi boda (porque mi papá no está, no estará, lo siento... aunque puede ser que nunca me case y sea eso lo que proyecto) y sin embargo, paso tiempo con él y me siento etérea. Río. Sonrío. No son nervios. Es una calidez agradable que se desprende de este no saber qué demonios pasa, pero tampoco querer controlarlo. Vivir en el momento. Es sorprendente, y obviamente, tras todo lo que esta bruja ha vivido, atemorizante. Es de dar terror que alguien me escuchó un ratito y se sorprendió "haces muchas cosas, es agradable". Y de ahí hablar de encuentros que sorprenden y que uno agradece. Quiero quedarme parada en este momento, extenderlo, saborearlo. Quiero mantener esta sorpresa para que sea un lugar feliz al cual regresar, porque voy a necesitar esa felicidad, así, en pequeñas dosis y embotellada. Me salvará más adelante, lo sé.

lunes, 6 de julio de 2015

I don't belong here

How do I slow down? I can't relate to my heart now
I've thrown what I known, is it enough for me out?
I'm running on empty

I've gotta find someway to fumble right through this new heartache
It's torn me apart
Oh, lovesick mistake, turn me away

domingo, 5 de julio de 2015