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| "The Balance" by Christian Schloe |
No estoy acostumbrada a que me cortejen. No estoy acostumbrada a que me digan qué linda me veo y que quieren invitarme a salir a hacer lo que yo quiera, con tal de conocerme más. No estoy acostumbrada a que pongan atención a lo que les digo y que se aprendan mi signo del zodiaco y me digan que dicen los horóscopos que mi signo y el suyo son la pareja ideal (cosa que sí, casualmente es cierto que juran los astrólogos que mi signo y el suyo son un match made in Heaven).
No estoy acostumbrada a que memoricen los detalles de cómo cae mi cabello, o qué historias me gustan, cuál es mi agenda o la edad de mi hijo, no cuando son detalles sueltos en un café un miércoles cualquiera después de trabajar.
No sé qué se hace cuando no me buscan exclusivamente por lo sexual, o de menos no tan de entrada. No sé qué demonios procede cuando me marcan por teléfono porque "prefiero escuchar tu voz a sólo leerte" ni qué decir cuando me comentan que el sonido de mi risa es agradable.
No tengo idea de cómo funciona cuando las letras cursis de canciones románticas parecen haberse resbalado en la vida real y entonces hacen el esfuerzo por verme, invitarme un café, invitarme a salir, tratar de conocerme, como si fuera alguien interesante.
No. No tengo la más remota idea de qué hacer. Sé cómo manejar a los hombres que me tiran los calzones de entrada porque quieren meterme en la cama. Conozco la desfachatez del coqueteo plenamente sexual. Sé cómo escaparme de esas tretas, e incluso lo hallo ameno. Pero ¿esto? ¿Esto?
No estoy acostumbrada a que me cortejen porque la única persona que lo hizo fue Viko, y aún así su cortejo fue express y al final me sentí traicionada.
No, no sé qué se hace. Y me choca no saber qué hacer.

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